Va a caer la del pulpo.
El calor pegajoso… este cielo morado…mira, gotas!
Se empiezan a mover las hojas de los árboles. Tormenta eléctrica…? Pues habrá que apagar el ordenador.
Y la tele, y la play… y todo el despliegue que tienes aquí montado si no quieres quedarte sin nada de todo.
El agua pronto golpea sobre los tejados de uralita creando un gran estruendo. Debajo duermen los camiones de un vecino transportista y ese ruido recuerda a algo… tal vez al de una maleta de esas tipo trolley con ruedecitas al deslizarse sobre las arrugas de las viejas aceras.
Sin comerlo ni beberlo, se ha liado un espectáculo piroteco-hidráulico. Hoy los cielos se chorrean de todo. Del calor, de la crisis y de los del chalet de al lado que hacían una barbacoa. El cielo esta enladrillado y se quiere desenladrillar. Estaba escrito en las isobaras. Así con tal cabreo en las alturas se entiende fácilmente el pánico que tenían los galos. Eso era lo único a que realmente le temía un galo, lo se yo porque he leído Asterix: que el cielo de pronto le cayera encima sin previo aviso.
Me siento en el porche. Me pongo una cafetera grande (pero no la cargo mucho). Hasta las cejas me voy a poner hoy de café, de escuchar bachata y de ver todo el sidral que se ha formado con la tormenta. El aroma del café pronto lo invade todo y llega hasta fuera. Se entremezclan los tonos torrefactos con el olor a lluvia y a descampado mojado. Escucho sin parar a Juan Luis Guerra en mi Ipod, y se cuela un ”que llueva café en el campo”, Bacahata Rosa para corazones intoxicados de “no-se-sabe-que”. Realmente se trata de un gran disco, y tiene cierta gracia que lo escuche hoy… justo en el día que esto se parece más bien a la Transilvania profunda.
Reconozco que desde aquí solo se ven algunas siluetas. Con la tormenta se ha puesto muy oscuro: un bloque fantasma de pisos “para entrar a vivir” donde nadie entra a vivir (por lo visto además de caros los pisos son invisibles), y otro edificio, la de la Comarcal… que ahora también está vacía porque se la pulió Ruiz Mateos. Puestos a pensar en olores ya me viene otro al recuerdo, el que antes llegaba hasta aquí gracias a la dichosa Comarcal: pienso húmedo y gallina asesinada. Por suerte con las malas prácticas empresariales del fundador de la nueva Rumasa todo se fue al garete y nos hemos librado de ese hedor.
Ahora ya solo falta que llueva mucho. Que caigan rayos. Que caigan cien…mil rayos del cielo todos a la vez sobre el mismo punto y que reduzcan a carbón tres (o cuatro, o cinco) petroquímicas de las de por aquí. Que nos liberen los que están por allí arriba de toda esta mierda que nos va matando lentamente.
Y de postre que nos conecten a todos mucho amor como insulina… que nos suba la bilirrubina, que es un amor que contamina, que no lo cure la aspirina.
Me acuerdo de los días de infancia en los que, veía llover durante horas desde el balcón de casa de mi abuela. Mi frente pegada al cristal dejaba una pequeña marca circular limpia y lo demás empañado: podía sentir casi el olor del cristal y la humedad. Echo profundamente de menos el miedo…. pasaba muchísimo al ver la calle bajando llena de agua como si fueran las fuentes del Orinoco. Desde mi punto de vigilancia, atento, siempre descubría alguna vecina de mi abuela que se descalzaba para pasar la calle entre apuros, o inventando algún sistema de impermeabilización para la permanente con bolsas de plástico del súper.
En cierta ocasión las cunetas de la calle de mi abuela quedaron repletas de avellanas. Estaban a punto de ser recolectadas en una finca colindante y la corriente las arrastró… esparciéndolas por todas partes a troche y moche. Cogí unos dos kilos y me enfadé muchísimo cuando mi abuelo me las hizo tirar.
Parece la lluvia va cesando y al final mucho ruido para tan poquitas nueces (y todavía menos avellanas). Tanto escándalo para esto? Esto es típico de todos los veranos…. pero lo cierto es que ya no llueve como antes.
Nunca volverá a llover como antes.












